jueves, 5 de mayo de 2022

 CUANDO TODO EXISTE

 

Húmeda y negra la tierra espera por el pié cansado, 

se hunde apenas y el barro es suave entre los dedos.

La mirada arrastra tan lejos cómo empuja el viento y el agua es viva.

El cielo es remanso de la tierra brote.

Perfilan sombras indias los cerros

y todo crece en silencio, 

la savia y la sangre.

 

Sucede un día

como un absurdo bramido

que hace la tierra

y nada se oye.

Sucede un día

que pueden perderse

los ojos de antes,

el valor inútil

de necesitar.

Suceden las últimas palabras

imperceptibles como llovizna

en un vidrio lejos de la historia.

sucede un día 

que una mujer

pone en la boca

dibujos nacientes

y la voz murmura

el final 

de la ceguera interminable.

 

Allá en el sur, cuándo todo existe y no se conoce la última palabra

 

Mercedes Sáenz.

 

viernes, 11 de marzo de 2022

 

POR DORIS

 


POR DORIS


La primera vez lo vi de atrás. Su espalda, a rayas de madera por el banco que la sostenía. De los antebrazos caminos de estrías anchas terminaban en sus manos rugosas de venas oscuras latiendo con prisa la vida, la vida ya casi no pasaba por ahí aunque sus uñas impecables dijeran lo contrario.

Yo estaba parada en la loma del río buscando donde sentarme en el pasto. Bajo mi brazo una lona cualquiera, un repelente de mosquitos, alcohol en gel, (es casi cómo llevar llavero por estos días de pandemia desdibujados, existentes y ocultos) un agua mineral grande, cuaderno y birome y un equipo de mate. Todo un inventario

.

Tosió algo fuerte, un sacudón en su espalda, la mano en la boca no llegue a verla protegida por el ángulo que formó su codo.

Escupió algo de color inmundo, hizo dar vueltas mis ojos hacia adentro de mis huesos hasta encontrarme con una oscuridad absoluta de alivio.

Algo rodó hacia abajo más allá de un metro.

Y se quedó quieto, tan quieto, con la cabeza muerta sobre el pecho. Parecía que habían cerrado una puerta, o bajado un telón para siempre. Creo que era tanto su esfuerzo por desaparecer que era una ausencia.

Sólo unos respirones de su espalda a rayas entre agitada y lenta tartamudeaban que la vida estaba sentada ahí por alguna causa queriendo parecer muerto.

Miedo no era, pero con el mismo cuidado con que me acercaba a ver una herida de bebe me senté a su lado.

Se tensaron primero sus muslos que sus manos. Y el sombrero era su cara. Acomodé mi inventario al costado del banco y me puse a mirar el río cómo si nos hubiéramos invitado.


Largos segundos creo.


Hasta que lo ví, de puro color marfil, en un semicirculo perfecto, quietos como un cachorro dormido con su pancita rosada al sol. Treinta dos serían supongo, era lo que me habían enseñado de chica. No sé si los postizos de ahora tienen ese mismo número.

Me levanté sin que él se moviera. Levanté los dientes postizos con la misma naturalidad con que levanto la gomita que se me cae del pelo.

Creo que algo en mis movimientos no salió muy bien, volví a sentarme en el banco con una naturalidad fingida y creo que no hay nada que sea más notorio que una pésima actuación hecha con esas intenciones.

Llené la tapa del termo (esos con forma de vaso) con agua mineral, un poco, como para despegar el pasto o la tierra que intentaban acorralarse especialmente en las partes que parecían más suaves.

No levantó el sombrero. De la parte más baja de su cara unas lágrimas chiquitas no terminaban de caerse.

De mi inventario saqué el alcohol en gel y en una servilleta descartable limpié pausadamente lado por lado, diente por diente (tan lejos aquí de ser ojo por ojo, pues no nos habíamos mirado siquiera)

Imaginé su cara cuándo sintió el olor a alcohol pero creo que lo más difícil para él y para mí era cómo seguía el momento siguiente.

Terminé de enjuagarlos con agua fresca.

En la tapa del termo, tapados con una servilleta descartable pero tan blanca como las de misa, dejé mi ofrenda con miedo pues la apoyé sobre el nido de sus manos y el recipiente se inclinó un poco.

Algo volvió a su vida pero a mi me lo tapó el miedo.

En un solo movimiento casi de mago el recipiente quedó vacío.

Yo miraba para adelante con esa tonta actitud de creer que no había pasado nada y el aire era fresco y el río bailaba despejando de su piel las botellas que flotaban. El sol estaba por todas partes cómo un dios invisible y bueno, no eterno.

- ¿Quién eres? Dijo sin levantar el sombrero

- María, contesté sin acento español.

- Gracias María, dijo sin levantar el sombrero ¿por qué has hecho esto?

Ese momento era lo que más temía.

- Por Doris, por el diario de una buena vecina.

- ¿Te gusta leer? Y -¡Dios mío! Levantó el sombrero.

- Y escribir y miré sus ojos, eran muy lindos sus ojos.

- Yo soy corrector y de los buenos ¿te gustaría que alguna mañana lea algo que hayas escrito?

- Me encantaría, pero al menos ¿nos presentamos?

- No, tu eres María y nunca, pero nunca, sabrás quién es el dueño de mis dientes.

Bajo un oscuro sombrero sonó su alegría, pasó la mano con un gesto exagerado como si despejara toneladas de pelo. No era así su pelo.

-No sé que decir.

- Lo dudo, pero dime dime cuándo me hables.

- Te diré dime cuándo te hable, pero no me es tan fácil y además no escribo así.

- ¡Que sonseras niña!¡Sólo cuándo me hables!

Y volvió a reir su vida levantando su sombrero.

¿Niña? ¿Sabés la edad que tengo?

- Acentuando así no tienes nada de nada, me tratas de tu, te olvidas del che, del vos, ni asomes palabras que usan por ahí como ¡que buena onda! Y principalmente no me contestes ninguna pregunta que va a tener cierto valor en su respuesta diciendo “ bueno, nada..”

Yo hablo en mi español y te corrijo en criollo ¿estáis de acuerdo?

- Bueno, contesté, sin agregar más nada.


Mercedes Sáenz

jueves, 18 de noviembre de 2021

POEMA DE MIRARTE · 

 El vino busca en la boca inclinada un beso de vidrio color ébano. 
no recuerda el verso 
confunde las lunas 
os pies no alcanzan la rueca. 
la ira no es ya tormenta brutal queriendo verse cómo el hombre que –yo- sigo viendo.
un estilete cortés marcó los hilos en el tapiz de su cara 
dibujó su tierra en dónde palidecen sus dioses oscuros en una blancura desmedida. 
Será su último día. 
No existirá mañana. 
Y yo lo miro… tiemblo, también en mi copa -creo que quiso mirar allí sus propios latidos-
 me pidió que no lo toque hasta que la muerte lo toque primero.

Mercedes Sáenz

sábado, 11 de septiembre de 2021

ESTE TEXTO ES DR FERNANDO SÁNCHEZ SORONDO POR ESO NO AGRADEZCO NI HAGO COMENTARIOS SON PARA EL.MUCHAS GRACIAS LOS ABRAZO LAS SETENTA VECES SIETE MUERTES DE DALMIRO SÁENZ Hoy es el aniversario de la muerte de papá. Se han escritos cosas muy lindas y muy bravas sobre él y sobre su vida. Agradecidos estamos a todos los que quisieron poner en su momento algo. Algo del color que fuera. Los que lo conocimos un poco sabemos que tenía una paleta de colores infinita. Colores de subsuelo y colores de universos maravillosos y desconocidos. Y para otros apenas el color del agua. Fernando es una de las personas que lo conoció como pocos. Este texto es del día siguiente de su muerte. Muchas gracias Fernando y un abrazo a toda la familia . LAS “SETENTA VECES SIETE” MUERTES DE DALMIRO SAENZ La última vez que murió Dalmiro Sáenz fue en la madrugada del pasado 11 de septiembre. Fue un escritor extraordinario en el estricto sentido de la palabra; es decir, absolutamente fuera de serie. Y eso, como es sabido, no se perdona así nomás. Por eso es que Dalmiro, de alguna manera, ya había sido condenado a muerte en el reconocimiento público. Y más por sus virtudes que por sus defectos. Es decir, por esa casi anómala fidelidad a sí mismo, por esa libertad descomunal con que ejerció un rasgo esencial de la condición de escritor: la provocación. Fue el mejor provocador literario argentino que conocí (“no creo en Dios, creo en los curas”, me dijo un día con pretendida seriedad). Sus libros fueron devorados y amados; su persona, también. Pero de pronto la crítica oficial -que lo había premiado tantas veces con absoluta justicia- comenzó a dejarlo de lado sutil pero progresivamente. No cabe duda que el propio Dalmiro –quizás como parte de su afición al escándalo- fue bastante responsable de esa suerte de olvido, porque muchas veces hizo prevalecer al personaje sobre la persona, la persona del gran escritor y del hombre grande que él realmente era. Lo conocí allá por los 60, cuando publicó su libro de cuentos “No”. Entonces se acababa de trasladar a vivir con su numerosa familia de la Patagonia a Buenos Aires; sus hijos -me contaba- que no habían estado nunca en una ciudad, soplaban los veladores para apagar la luz y le daban chistidos al ascensor como si se tratara de un caballo… Era exageradamente generoso con nosotros, los jóvenes de entonces, y jamás en tantos años de amistad le oí hablar mal de nadie; al contrario: a lo Quijote, solía defender lo indefendible con tal de estar del lado del débil, del marginal. Poca gente sabe que fue, a su manera, un gran buscador espiritual, tal como algunos de sus textos –pienso en “Cristo de pie”- lo confirman. Quizás su muerte consiga esa reivindicación plena que tanto merece. FERNANADO SANCHEZ SORONDO

domingo, 8 de agosto de 2021

UNA PALABRA

UNA PALABRA La vida va y vuelve. y nos pasea. Y no sabemos cuándo algo fue la última vez. No sé si voy a oírte volver a pronunciarla (O tan despacio que solamente la robe el silencio) Su inútil finitud no la hace débil Una palabra puede atrapar la eternidad de Dios en un soplido de arena. Puede llevarse toda la vida en el alma. Nunca oí siendo mujer Tanto amor en mi nombre Nunca nadie dijo así Merceditas… Mercedes Sáenz

sábado, 24 de julio de 2021

ESCALERA Tengo que contar una historia y no sé si debo hacerlo. Estoy sentada en una de las escaleras de Retiro. Mi pollera ya se ha llevado por delante cuánta forma de basura se ha encontrado y ya me tiemblan las piernas por lo que creo que mi postura ya dejó de ser femenina. Salí hace rato de una pensión de la que sé me recuerdan perfectamente. Sentada como si fuera en una platea de cine, mirando más que nada los hombros, en este lugar es lo primero que miro. Se oyen muy pocas risas por acá. Todo cae sobre los hombros y allí se queda. Me gustaría más de una vez parecer esas noteras que con cara de estar interesadas preguntan por la historia de cada uno. No entiendo eso de preguntarles ¿de dónde vienen? ¿A dónde van? Cuánto más me gustaría preguntarle ¿Qué hizo antes de ayer? Ayer no, porque tendría el apuro del poco tiempo transcurrido o la sensación todavía muy cerca de la piel. El antes de ayer, con esa pequeña diferencia se hace mochila, se cargó en los hombros, y Dios, la historias que saldarían de allí. Mi historia tiene dos semanas, o sea varios antes de ayer. No es que me quedé si un peso, me quedé sin vida. Tengo que irme a algún lado pero me van a encontrar, hace poco que sé de estas cosas, pero las de la vida real son mucho peores. Soy curiosa y creo que me he metido en líos. Todo por unas fotos. Y ahora no pasan esas cosas de que te sacan los negativos y demás. Te sacan la máquina o el chip o te dan un navajazo. Las noches de enero son largas en Buenos Aires adentro de una pensión, no de las peores. Una tarde estaba sacando fotos en plaza de Mayo, pero una tarde cualquiera de esas de cuarenta grados, había gente entre ellos muchos turistas y yo saco fotos, ni siquiera sé si soy fotógrafa, no me pregunten ahora la diferencia porque estoy muerta de miedo y no estoy para explicar desde una escalera linda y sucia sentada en Retiro mientras intento pensar qué hago. El miedo está empezando a no soltarme y a pegarse en mis dientes. Sin querer, porque casi no los conozco, le saqué una foto con teleobjetivo a un ministro importante dándole un jugoso beso en la boca a una ministra. Bueno a una quién, me enteré después, no debía. Son digitales, ni siquiera las revelo, pero el señor que estaba parado al lado de mi banco, mientras yo veía una por una la vio. A la noche me llamaron a la pensión. Una voz pegajosa me dijo que quería la máquina entera. Que saliera cuatro horas, que la dejara en el mostrador del pequeño hotel, que la iban a pasar a buscar. Lo hice. Se la dejé al Encargado cómo si nada, tanto que él me preguntó el nombre de quién venía a buscarla. Le contesté “no importa José, por favor se la da a quien pregunte, no mas de uno va a preguntar por esa máquina”. Me fui más de cuatro horas. Volví y casi con un cabezazo le pregunté a José; “sí, sí pasaron” y me fui a encontrar mi cuarto exhausta por tanto nervio suelto sin razón. Terminé de lavarme los dientes y otra vez por teléfono la voz pegajosa. Se me paró el corazón. -¿Te querés hacer la viva? Te voy a cortar las manos, las piernas y los ojos. - ¡Pero si yo la dejé, dije casi a los gritos! Más problemas deberían hacerse por las fotos que saqué de los chiquitos bamboleándose entre el hambre, el mendigar y los que duermen afuera. Afuera vas a quedar vos, me contestó seco. Y colgó. Bajé las escaleras cómo pude con la mochila cruzándome el pecho De pasada le pregunté a José si habían pasado a buscar la máquina. Lo peor es que me dijo que sí. No estaba cerca pero corrí hasta Retiro. Y acá estoy sin saber que hacer. Quisiera preguntar si alguien me conoce, si pueden ayudarme, si se les ocurre algo, pero hay tantos policías de los que parecen y de los que no parecen que creo que todos me miran a mí. El miedo va trepando sobre mi cómo un vendaje negro hasta convertirme en momia. Tengo un palpito leve pero se me cruzó que la máquina se la guardó José. ¿Cuánto tiempo tengo para estar sentada en una escalera de Retiro? Los primeros que se van a acercar… seguro que son policía o señores ogros de voces pegajosas. Entonces no sé si empezar por el llanto o por el sueño. Mercedes Sáenz

viernes, 25 de junio de 2021

CUANDO TODO EXISTE

 CUANDO TODO EXISTE

 

Húmeda y negra la tierra espera por el pié cansado, 

se hunde apenas y el barro es suave entre los dedos.

La mirada arrastra tan lejos cómo empuja el viento y el agua es viva.

El cielo es remanso de la tierra brote.

Perfilan sombras indias los cerros

y todo crece en silencio, 

la savia y la sangre.

 

Sucede un día

como un absurdo bramido

que hace la tierra

y nada se oye.

Sucede un día

que pueden perderse

los ojos de antes,

el valor inútil

de necesitar.

Suceden las últimas palabras

imperceptibles como llovizna

en un vidrio lejos de la historia.

sucede un día 

que una mujer

pone en la boca

dibujos nacientes

y la voz murmura

el final 

de la ceguera interminable.

 

Allá en el sur, cuándo todo existe y no se conoce la última palabra

 

Mercedes Sáenz.

 

sábado, 12 de junio de 2021

CON GALERA

 


Tal vez tendría que empezar ... para vos de yo



CON GALERA


Pasé por su puerta, (es realidad no tiene puerta). La única ventana llega en su parte de abajo a unos cuarenta centímetros de la vereda. Hay un número arriba que dice 1926

Siempre creí que eso era una planta baja, pero él dice que es el piso ochenta y que desde ahí no se piensa bajar.


Esa ventana parecía sin él tan sola cómo una de esas calles que se ven sin vida antes de llegar a dónde acaban. Cuando él la abría, las cortinas sonreían limpias como las de las abuelas de puntillas y no hacían ruidos las maderas ni las bisagras cuando su pedazo de espacio dejaba que el mundo le entrara a visitarlo como si fuera de fiesta...

Nunca salía a hacer compras, no compraba el diario, pero siempre estaba enterado de todo. Varias vueltas manzanas di queriendo buscar otra entrada, pero todos los que vivían  por allí me habían visto nacer, y juraban que esa ventana era un pequeño depósito que quedó cerrado para siempre, Según los vecinos era parte de una casa que se vendió, con una historia confusa y cuestionable que nadie intentó averiguar ni siquiera para tirarla abajo.



Yo paso todas las mañanas 

No golpeo los vidrios, es cómo si supiera mi llegada.

Nadie parece verlo nunca ni a mí tampoco cuándo estoy ahí.


La única vez que intenté llegar (muy despacio,) haciendo el mínimo ruido, en puntas de pie, con esos saltitos de sortear pedacitos de agujeros del suelo, la ventana se abrió como si la hubiera movido un soplido de seda.


Le dejo lo que escribí la noche anterior y a la mañana siguiente me hace una devolución de lo que entregué. Varias veces le pregunté su nombre pero misterioso o terco juega conmigo a que su nombre es lo menos importante. Nunca supe porque me parecía inteligente.


Esta mañana, mientras me devolvía mis escritos con las correcciones atinadas,  cambiábamos palabras extrañas en su rutina. 

Se puso una galera. Extendió la mano con los papeles y vociferó una fea palabra. No sabe delante de mí aquietarse por la cara que le pongo. 

es uno de las tantas aristas que desconozco. 



¿Se acuerda la última vez que la vi? ¿En San Juan?- me dijo

- Sí, usted quería darme unos pocos de luna, pero no del valle de arcilla, quería sacarle un pedazo de piedra a esa masa de luz generosamente prestada.

- Le quiero pedir un favor-suavizó en la voz como si cambiara de tema

Contesté mi claro más amable.

- Quiero tomar el té, uno bueno.

- Traigo todo, no se mueva.

- Todo no- me aclaró- usamos de bandeja el borde de la ventana. Eso sí, por favor, los bollos los quiero con crema pastelera.

Obedecí feliz paseando mi rareza de caminar entre todos con cosas en las manos como si nadie me viera.


Los dos de pie, con la ventana asomándose en los cuerpos cómo por la borda de un barco, nos mirábamos más a los ojos, más que al té sobre la mesa de cemento sin patas.

-¿Por qué se puso galera?

- Para poder hacer una reverencia, una sola, y que quepan allí todos los pensamientos que voy a soltarle, es la pala más grande de sombrero que se me ocurrió. Además me queda bien para despedirme.

¿Y por qué?

-No preguntaste por qué el día en que empezaste a verme.

No vio mi cara cuándo me la tapé con todo el pelo. Era la primera vez que me tuteaba. El pelo es buen telón para la tristeza.

¿Y a dónde te vas ahora? Pregunté sin saber si iba a responderme

- A Córdoba, hay una escritora ahí que necesita un poco de ayuda, está dejando el tiempo que no tiene para ayudar a escritores que no pueden hacer llegar sus letras hacia otros lados. Pero ella sabe escribir, vos estás aprendiendo.

- ¿Y ella va a poder verte?

No creo, voy a tener que llegar a través de uno de sus alumnos, que seguro, seguro, ya sabe que estoy llegando.

¿Y yo me voy nomás?

- ¿De dónde? Si nada te impidió jamás estar en todas partes.

- Gracias por el té contesté con un nudo casi infantil

¿Por el té? -Vociferó dejando bien clarito que no había sido lo importante

Perdón. Es una linda palabra que a veces es sólo un mandato o un resorte.


Me di vuelta con lágrimas que seguro las sabía y me fui rápido a tratar de escribir esto, esto que para nadie era cierto.

A la mañana siguiente una bolsa de papel cartón llena de migas esperaba ocupando muy poco espacio que alguien la pasara a buscar.

Me olvidé de hacerte una pregunta…vos elegiste el 13 de junio  para llegar y el 11 de septiembre para irte a otro lado?

Y la ventana, verde y descascarada, con los postigos cerrados acunaba un gato placenteramente al sol.  



Mercedes Sáenz


martes, 25 de mayo de 2021

EL BARÓN Y LA MANZANA

 

EL BARON Y LA MANZANA


En la silla de su cuarto dejó prolijamente apoyada la pollera de ayer. Los zapatos de taco alto paralelos y en la misma línea un saco del mismo color, un cinturón y algunos colgantes discretos. Cambiar la camisa blanca era lo más fácil para estar siempre bien vestida cada mañana. Ser agente notificador de un juzgado a veces no era liviano, pero era lo que mejor creía saber hacer después de tantos años.

Hoy era sábado al mediodía, el sol caía vertical sobre su cabeza, su médula y sus sentidos. Quiso pararse y le temblaron las piernas. La mano intentó frenar cuándo el sol de todos lados intentó pasar por la rendija de los ojos. Volvió a sentarse en una reposera común no esas que parecen asientos de avión de primera. Supo en un ratito que se quedaba sola toda la tarde, no por fugas estrepitosas ni enojos, solamente edades (inclusive marido) en que las ideas se aceptan si vienen cómodas ese día. Ideas de esas a ella no le había llegado ninguna. Más bien iban a quedarse a almorzar un asado los seis que vivían en esa casa.

La mano tocó el Barón un poco más a la sombra y el frió no era un alivio.

Se levantó cómo pudo sin antes besar con los dedos la boca del Barón que esperaba en la sombra. Juntó los pedazos de carne sueltos y en cinco minutos preparó todo para que en más o menos dos horas y media un asado completo para seis estuviera listo. Le era complicado moverse, la presencia del Barón la confundía un poco, pero el rito del asado lo hacía de memoria. Rápido, lento, alto, bajo, en el medio de un potrero.

Armaba una torre de maderitas cruzadas, tiraba carbón en el medio y echaba dos pastillas de combustible sólido. En media hora el carbón era un solo rojo dispuesto a seguir muriendo y matando lo que le pusieran por arriba o por debajo.


Ser agente notificador de un juzgado no le era fácil, no le era fácil ya volver a casa. Y eso que por años tan tranquila confió en la técnica de la manzana. Cada vez que llegaba a un lugar embargable usaba su truco de llegar con la fruta en la mano. Desconcertaba un poco en el medio de las carpetas de abajo del brazo y dos señores que en general ponían cara de malos y usaban anteojos. En cuánto entraba decía que era diabática que debía comerla enseguida. Pedía una herramienta para poder pelarla y en la actitud de los gestos de los que habitaban la casa venía en esa voz (de olor tan rico) todo lo que ella quería averiguar fuera de lo que dijera el expediente. La primera oferta era hacérsela llegar pelada, al borde del filo sin desperdiciar nada. Ver si la cáscara no se quebraba. Si la miraban fijo mientras los colores pegados caían sin titubear en un tacho precario. Si algún espacio negro entre la madurez y la virtud se sacaba de punta. Hasta ayer.

La mano ya media cansada de moverse en el calor tanteó su Barón B y lo sacó del balde de hielo. Le dió un beso en la boca a la botella de champagne como si fuera un príncipe que la rescataría de algún conjuro.

Hasta ayer, cuándo un padre confuso y ofuscado con una leve señal de la cabeza le pidió a su hija de seis años que pelara la manzana. La chiquita la miró fijo, recorrió su estatura desde los tacos hasta el pelo, ignoró su mirada y simplemente empezó a sacar la cáscara con los dientes.

Sábado al mediodía y su cuerpo era un huésped sobre sus huesos.

Volvería por última vez el lunes a la oficina para dejar por escrito que en el último lugar visitado nada era embargable.

Se abrazó al Barón y tomó directamente el último beso, la botella fría le suavizó la cara.

El olor a carne asada flotaba en el aire como una gigantesca alfombra mágica mientras buscaba la segunda botella de champagne de Barón B, tal vez la llevara a algún lado. Era bueno no festejar sola hoy si el lunes iba a estar desempleada.

Mercedes Sáenz


jueves, 6 de mayo de 2021

ESTRELLA DE AZÚCAR

 

ESTRELLA DE AZÚCAR



Era de noche ya y la hora del cansancio de las manos. Terminaba su rutina, sacudía de los guantes de goma las últimas gotas para colgarlos a secar.

El delantal apretaba flojo en la cintura pero así quedaba hasta la hora de irse a la cama.

Una viudez no de esa noche ni la mitad de la noche que fue, ni de la que viene, -un auto sin querer se ocupó de su marido viniendo de frente- la habían encerrado casi sus treinta y nueve años en la cocina. 

Era común antes, en la siesta de Venancio, caminar descalza hasta la sombra del caldén y tomar juntos unos mates sin decir una palabra. Con ese mismo silencio, siempre el mismo silencio, él se levantaba y echaba su cuerpo bajo la propia sombra o en otra parte

Varias veces le había pedido que después de la noche la acompañara a compartir un café. Las dos tacitas blancas en la mesa, una carpetita de hilo fino, bordada por su madre hace años ya, una azucarera que brillaba cómo si nunca hubiera conocido otro color.

Ya dormían las cosas del otro lado, ni siquiera la canilla bocaneaba blandos monosílabos.

- Un café Venanzio, vos sólo mirame. Yo me cruzo de piernas y me levanto el pelo, hasta tengo un peine en el bolsillo. Quiero hablar cómo esas de televisión, que no toman mate, que juegan con la cucharita dos horas con la tacita en las faldas. Pero yo a vos te doy café en serio y te cuento mientras lo que dice la radio del clima igualito que va a haber mañana.

Hasta la noche de afuera la dejó sola.

- Otra vez no han podido llegar, los caminos se han puesto feos de nuevo-dijo y levantó la azucarera hasta la altura de los ojos, con un movimiento redondo la estrelló contra el piso mientras con los pies descalzos, sin escoba, barría los pedacitos de color blanco que lastimaban cómo el colmillo de un lobo luna.

Afuera la canilla bocaneaba llantos.


Mercedes Sáenz


viernes, 30 de abril de 2021

INSOMNIO

 INSOMNIO



Una noche tiré piedras a un vacío

caminé con un palito dibujando la tierra

(palabra que la tierra reza )

hice en el aire paredes de algodón y tiza

(la luna mareaba el agua)

y vos seguías ahí

con silencio de baldosas

muriendo en la vereda.

¿No te cansa resbalar sobre mi cada noche?

perfilar el declive de mi cara sin luz hasta mi boca

espiar la abertura de los ojos

tocar mi pelo

soplando negro suave

como si quisieras seducirme.

Creo que ya te amigo,

en esas noches de segundos largos.

Si vas a seducirme,

acompañame, 

adiviname 

en silencio ciego

tu secreto de azúcar,

tu intimidad leve y 

mañana…

déjame dormir.

Mercedes Sáenz

lunes, 19 de abril de 2021

ES QUE AÚN QUIERO DECIRTE INDIO





ES QUE AÚN QUIERO DECIRTE, INDIO


He dormido bajo tu mismo brazo, quebrado alguna vez y torcido. Las manos de llagas secas y en tus ojos huellas milenarias.
Te han dicho de todo, lo aprendido en facultades, en organizaciones en tu defensa. Te han escrito bellos y verdaderos poemas. Te han puesto orgullo, el que surge de defender tu memoria, intentando ponerte de pie, queriendo no olvidar tu valentía.´
Autores de importancia te estudiaron, planifican aún cómo devolverte la dignidad en este mundo.


Aún quiero decirte que dormí bajo tu brazo, con el telar de tus manos bajo el cielo negro y antes de cerrarse tus ojos estaban llenos de estrellas que les soplaste a los míos.
Aún quiero decirte hombre anciano, que esa fue la primera comunión que tomé en la vida. Silenciosamente, mientras nuestras almas  se tocaban.
Aprendí mientras dormía algunos cantos de tu tierra sin saber siquiera que significan, mientras la tierra madre nos acunaba cómo hace millones de años, pero sin guerras.
Me iré cuándo amanezca, hombre indio, cómo una hija de los vientos del sur, con la mitad del alma y ese silencio todo.


Mercedes Sáenz

domingo, 11 de abril de 2021

APENAS UNA IDEA

 

APENAS UNA IDEA

demorarte duele,

pensarte allí, después de volver la hora,

la misma de ayer, quieta y ambigua.

otra vez el cuándo

mi tierra tiembla

y después esa meseta,

ese campo raso en dónde los pies inmóviles

quedan solos arriba del pasto

sin mi.

me hace bien pensarte

aunque no sepa qué hacer con vos.

ignorar siempre antes que todo

pero me hace estar viva,

saberme.

juega la luz y te hacés mármol

piedra y barro,

hilitos

y no aprendí a conjugarte

y vos menos un tampoco.

Mercedes Sáenz

sábado, 27 de marzo de 2021

UN DÍA

 



UN DÍA


Por más que esté en un monte el líder necesita levantar  su brazo, no le basta con saber que está ahí, debe levantar algo más alto al cielo, debe someter su imagen contra su propio dios que de a ratos es él mismo.

Dónde crees que irán los pensamientos cuándo no pueden sanarse? Es una rara obsesión la de no dejar de pensar nunca, nadie deja nunca de pensar. El tema es a dónde nos llevan cuando bailan en un día de tristeza. Cuando se tropiezan con lindos  recuerdos de la memoria.

No puedo modificar alguna historia ni usar palabras laterales para las ideas y las verticales suelen ser espadas. Casi todo tiene una mezcla rara de amor y de insulto.

Los ojos se convierten en pequeñas costaneras y pueden desbordar ríos.

Los siglos vuelven a mí y mi afuera ha envejecido.

La tristeza  tiene grietas y escapan por ahí los pedacitos de la realidad.

Sería lindo poder hablar y entendernos.

Pucha que es una tristeza...si supieras.

Mercedes Sáenz




sábado, 13 de marzo de 2021

POR DORIS

 


POR DORIS


La primera vez lo vi de atrás. Su espalda, a rayas de madera por el banco que la sostenía. De los antebrazos caminos de estrías anchas terminaban en sus manos rugosas de venas oscuras latiendo con prisa la vida, la vida ya casi no pasaba por ahí aunque sus uñas impecables dijeran lo contrario.

Yo estaba parada en la loma del río buscando donde sentarme en el pasto. Bajo mi brazo una lona cualquiera, un repelente de mosquitos, alcohol en gel, (es casi cómo llevar llavero por estos días de pandemia desdibujados, existentes y ocultos) un agua mineral grande, cuaderno y birome y un equipo de mate. Todo un inventario

.

Tosió algo fuerte, un sacudón en su espalda, la mano en la boca no llegue a verla protegida por el ángulo que formó su codo.

Escupió algo de color inmundo, hizo dar vueltas mis ojos hacia adentro de mis huesos hasta encontrarme con una oscuridad absoluta de alivio.

Algo rodó hacia abajo más allá de un metro.

Y se quedó quieto, tan quieto, con la cabeza muerta sobre el pecho. Parecía que habían cerrado una puerta, o bajado un telón para siempre. Creo que era tanto su esfuerzo por desaparecer que era una ausencia.

Sólo unos respirones de su espalda a rayas entre agitada y lenta tartamudeaban que la vida estaba sentada ahí por alguna causa queriendo parecer muerto.

Miedo no era, pero con el mismo cuidado con que me acercaba a ver una herida de bebe me senté a su lado.

Se tensaron primero sus muslos que sus manos. Y el sombrero era su cara. Acomodé mi inventario al costado del banco y me puse a mirar el río cómo si nos hubiéramos invitado.


Largos segundos creo.


Hasta que lo ví, de puro color marfil, en un semicirculo perfecto, quietos como un cachorro dormido con su pancita rosada al sol. Treinta dos serían supongo, era lo que me habían enseñado de chica. No sé si los postizos de ahora tienen ese mismo número.

Me levanté sin que él se moviera. Levanté los dientes postizos con la misma naturalidad con que levanto la gomita que se me cae del pelo.

Creo que algo en mis movimientos no salió muy bien, volví a sentarme en el banco con una naturalidad fingida y creo que no hay nada que sea más notorio que una pésima actuación hecha con esas intenciones.

Llené la tapa del termo (esos con forma de vaso) con agua mineral, un poco, como para despegar el pasto o la tierra que intentaban acorralarse especialmente en las partes que parecían más suaves.

No levantó el sombrero. De la parte más baja de su cara unas lágrimas chiquitas no terminaban de caerse.

De mi inventario saqué el alcohol en gel y en una servilleta descartable limpié pausadamente lado por lado, diente por diente (tan lejos aquí de ser ojo por ojo, pues no nos habíamos mirado siquiera)

Imaginé su cara cuándo sintió el olor a alcohol pero creo que lo más difícil para él y para mí era cómo seguía el momento siguiente.

Terminé de enjuagarlos con agua fresca.

En la tapa del termo, tapados con una servilleta descartable pero tan blanca como las de misa, dejé mi ofrenda con miedo pues la apoyé sobre el nido de sus manos y el recipiente se inclinó un poco.

Algo volvió a su vida pero a mi me lo tapó el miedo.

En un solo movimiento casi de mago el recipiente quedó vacío.

Yo miraba para adelante con esa tonta actitud de creer que no había pasado nada y el aire era fresco y el río bailaba despejando de su piel las botellas que flotaban. El sol estaba por todas partes cómo un dios invisible y bueno, no eterno.

- ¿Quién eres? Dijo sin levantar el sombrero

- María, contesté sin acento español.

- Gracias María, dijo sin levantar el sombrero ¿por qué has hecho esto?

Ese momento era lo que más temía.

- Por Doris, por el diario de una buena vecina.

- ¿Te gusta leer? Y -¡Dios mío! Levantó el sombrero.

- Y escribir y miré sus ojos, eran muy lindos sus ojos.

- Yo soy corrector y de los buenos ¿te gustaría que alguna mañana lea algo que hayas escrito?

- Me encantaría, pero al menos ¿nos presentamos?

- No, tu eres María y nunca, pero nunca, sabrás quién es el dueño de mis dientes.

Bajo un oscuro sombrero sonó su alegría, pasó la mano con un gesto exagerado como si despejara toneladas de pelo. No era así su pelo.

-No sé que decir.

- Lo dudo, pero dime dime cuándo me hables.

- Te diré dime cuándo te hable, pero no me es tan fácil y además no escribo así.

- ¡Que sonseras niña!¡Sólo cuándo me hables!

Y volvió a reir su vida levantando su sombrero.

¿Niña? ¿Sabés la edad que tengo?

- Acentuando así no tienes nada de nada, me tratas de tu, te olvidas del che, del vos, ni asomes palabras que usan por ahí como ¡que buena onda! Y principalmente no me contestes ninguna pregunta que va a tener cierto valor en su respuesta diciendo “ bueno, nada..”

Yo hablo en mi español y te corrijo en criollo ¿estáis de acuerdo?

- Bueno, contesté, sin agregar más nada.


Mercedes Sáenz

lunes, 22 de febrero de 2021

POR HOY SÓLO POR HOY

 POR HOY, SÓLO POR HOY



Era mi vecino. Costado izquierdo de la medianera

Dejó el camión en el lado oscuro de la calle. Se bajó despacio, me miró a las cejas no a los ojos, e inclinó su cabeza.

Con el golpe de la puerta y el motor en marcha cayeron desde el techo algunas hojas pegadas por la lluvia y el viento de hace un rato, desplazo un ruido con la nariz en lentitud lasciva y un chasquido leve de una bahía de whisky en la boca, (parecía el primer hombre queriendo decir palabras).




Escondió la cara y el olor a rancio. Se olía igual

- Sólo por hoy voy a seguir bebiendo, sólo por hoy.

De un cuerpo sensato colgaban brazos con tatuajes simétricos, dos absurdos presagios de un feliz futuro. Una diosa madre y una diosa niña que sólo las vi sobre su piel.

Hice un saludo tonto, ni aliviador siquiera, un murmullo forzado (último rehén de mi boca, último cuándo ya no se sabe que decir) y quedó cómo si pudiera tocarlo, un fuerte olor a kerosene en el aire.

Volvió a subirse al camión. Es algo que puedo decir aunque no mirara.

Un susto de frente abrazó mi cara, un fogonazo naranja y tremendo.

Conceder, conceder hasta cuándo. Quién le habrá enseñado que todo mal puede ser finito nutrido siempre por la paciencia. Quién le habrá enseñado a no darse por vencido.

Por un segundo pensé que un ángel color mandarina vino a llevarse todo. Después la calle quedó azul sólo de mirarla tanto.


Mercedes Sáenz 


domingo, 14 de febrero de 2021

 POEMA PARA EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS

A Willie

Los ojos negros se hunden en mí y suelen prenderse con la ternura de una lámpara de aceite tibio titilando bordes de oscuridades, símbolos de derrumbar muros cuándo soy vulnerable a cualquier hora que empieza el alba. Los ojos negros me llevaban por el mundo, por los indios, por los moros, por esa redondez dónde no hay límite de color en la pupilas.

Pero los tuyos son el azul bruto del mar más embravecido y el último celeste de la tarde antes de que se acabe el cielo, antes de girar sobre mis latidos cómo una noria incansable curando mis heridas.

Esa placer de encontrarme en tu mirada, me hacen volver con la sed de mi propio sudario a empaparme con sólo el rumor del agua tuya.

Esos que me hacen una vez más despertarme con vos y hacer un poema acostado por saber que el sabor del pan sigue siendo el mismo.

Ojos azules, una mañana de estas salpicaré con besos algunos trazos negros detrás de tus pestañas y creeré entonces que estoy dando la vuelta al mundo. Al tuyo y al mío.

Mercedes Sáenz


jueves, 28 de enero de 2021

HUMO

 


HUMO




La prohibición de fumar festejaba instalada en casi todo lugar cerrado de Buenos Aires, no aquí, dónde el humo era el aliento de todas las bocas, era el silencio sin movimiento, la espesa caricia de todas las manos en las caras, la última palabra, callada y muerta, la que no discute, un espacio en el aire capaz de contener todos los mensajes sin dueños.

Yo los miraba detrás del mostrador, oculta por una máquina de cerveza tirada que tenía casi mi misma anatomía. Más de una vez no se daban cuenta de mi presencia, ni de mi escote más subido, ni de mi boca pintada, ni del amor al que alguna vez jugué con casi todos ellos, eso sí, de a unito.


Los veía medio girado el cuerpo y el codo sobre la madera, arrugada ya la camisa sucia con olores rancios, la boca seca y algunos músculos que solitos ya sabían donde descansarse.

Frascos de colores vagos en la curva del mostrador y una vela corta en un plato de barro. Ya no hay botellas después de las últimas embestidas, emboscadas.

Ya no se buscaba el estaño después de algunos golpes en la nuca de quiénes no volvieron a levantarse

No se daban vuelta, los triángulos de espejos detrás de la barra partían sus caras en callecitas poco iluminadas, partidas así cómo pequeñas cicatrices.


- ¿La dejaste?

Los párpados bajos apretaron la mirada contra el suelo sabiendo que el piso a veces se nubla, a veces se mueve y es bueno pensar que no son los ojos los ariscos.

- Tengo que sacar un papel antes de contarte, traté de anotarlo.

Metió la mano en el bolsillo y escuchó la candorosa amabilidad de las monedas, su salvoconducto en las tardes de rabiosas borracheras. Llevaba el cambio justo y en un confuso desorden de palabras le extendían un boleto hasta dónde alcanzara. Podía dormirse tranquilo sabiendo que lo despertarían cerca de su barrio.

- La dejé –continuó-, empezó a hablarme raro, cada vez que quería estar un rato con ella me salía con cosas como- levantó el papel a la luz de la vela y leyó: estudiarse para adentro, ver el interior de cada uno, tratar de hacer un proyecto para cambiar mi vida aunque no fuera con ella. Parecía la secretaría general de un sindicato que integraba yo solo. No es que no le entendía, las iglesias ésas que pasan por televisión a las mil de la madrugada de brasileros que no se les entiende ni una jota, dicen lo mismo.

- ¿Y todo eso para qué?

- Dice que es para ser mejor, que lo único que conoce de nosotros es la forma de tomar hasta que nos sacan arrastrados de los brazos hasta el callejón. Que nunca vamos a ser nadie.

- ¿Por qué me hablas en plural si se supone que se trata de vos solo?

- ¡No me vas a dejar solo en esta podrida! Si me dejas vas a tener que buscar palabras en el diccionario para entenderme.

¿Qué les pasa a todas que hasta mi señora habla de plantar zapallos en un balde?


Hablaban de lo que decía mi boca, la mía, la de tantos besos sobre sus heridas, la de tantos murmullos en diminutivos para que pudieran entender los oídos que seguramente sangraban alcohol por dentro, mi boca, la mía, empezó a torcerse hacia un costado en dónde mi lengua moja mis labios antes de vociferar sin detenerse. Y no hablaron de mis brazos, no hablaron, ni de mi pecho, ni de mi cama. Y entonces, nada dijo mi boca.

En mi memoria el silencio se desbocó desesperadamente en olvido.

Tiré el libro que me enseñaba esas cosas en el mismo callejón de barro cerca del Riachuelo, muy pegado a la basura, dónde los hombres que no levanto quedan por mucho rato.

Cualquiera desde la calle de la otra orilla, mirando salir el sol sobre el río menos oscuro, pueda ver tal vez como la luz de una vela me deforma la cara, hasta divinizar esta expresión un poco bestial, la de advertir este cementerio lento, esta tristeza dónde un cielo de humo baja pegajoso como un ojo feroz en la noche hasta rozar mis polleras otra vez mañana y otra vez después de mañana.


viernes, 15 de enero de 2021

NO SÉ

 NO SÉ


he visto campanarios  sin campanas

y caminar animales sobre estepas de cielo

tengo todavía los ásperos sueños

de creer que entenderse se entendía.


no leo como vos la luna 

y he visto

cómo se posterga siempre  lejos

el jardín en que creí  creía.


antes de pronunciar mamá

ya era la duda.

y soy ahora, sin flores, sin diosas griegas

loca de varias casas.


no soy por elección la que parieron

ni la que me hicieron, ni la que me hice hacer.

No creo que nadie sepa

si mi bipolaridad tiene más de dos vértices,

yo cuento siete,

siete sin ninguna valentía.


sentada en el suelo, 

estoy parada sola

sin saber qué hacer 

en un dudoso silencio

conmigo.



Mercedes Sáenz


jueves, 24 de diciembre de 2020

MULA POR CABALLO

 MULA POR CABALLO

CUADRO DE MARCELA BAUBEAU DE SECONDIGNÉ


Le converso Tata cómo todas las navidades, cambiando un poco a veces el tono, porque después del seis de enero es para empezar si usted lo dispone, otra vez la vida de vuelta.

Yo sé que Usted anda por tantas partes con tanto por hacer especialmente en estos pagos, que creo que si le hablo también es una manera de que se acuerde, que se le haga más fácil.

Eran tiempos en que los colores de las montañas aún no se habían bajado de mis ojos, muy al sur desde dónde usted mira el mundo. Era nómade en ese entonces. Supe de tener familia pero la tierra brava suele llevarse hasta eso. Y ha quedado arropada cómo se pudo con una cruz hecha de piedra. La piedra que usted hizo no suele moverse, salvo que el golpazo venga desde muy abajo y todo tiemble. Las piedras le hacen caso… sólo a Usted le tienen miedo.

Es cuándo solo uno se siente bastardo, cómo si no lo hubiera parido esta tierra. Me sobra espacio para escapar, pero ya debe de saber usted que no son mis ganas.

-¿Se acuerda de mi rancho Santo Dios? Es sólo un cuadrado pero con la modernidad de que el baño hace ya dos años que lo hice adentro.

El piso es de tierra, pero no es por no haber querido ponerle piedras. Cuándo  estiro las piernas porque empieza a endurecerse mi espalda (no ensucio las alpargatas), es la forma que tengo en estos fríos de poder estar descalzo.

Voy a pedirle lo mismo que todos los años, que los álamos no se caigan, que no se me nublen los ojos cuándo esquilo las ovejas, que no me enoje tanto cuándo el viento me envuelve cómo si fuera a llevarme para los cielos suyos, porque creo que todavía tengo mi cielo acá mientras pueda mirarlo.

Que la próxima vez que vaya hasta el pueblo estén los que estaban y si usted puede, que a ninguno le falte nadie.

Hoy hice todo temprano. ¿Me vio cortando la leña mucho antes del sol? Traje el agua para el baño y preparé la comida.

Elegí quedarme en un rancho al borde de un río color pupila, que toma con los ojos todos los colores que conozco, y así cerquita del suelo puedo verlo, amable y caprichoso, no se va de dónde lo pusieron.

Sé que está soplando el viento, pasa por debajo de la línea de mi puerta. Mueve apenas la tierra del piso.

 Como todos los años voy a empezar a empilcharme para su fiesta. La camisa blanca no envejece porque suele tener siempre alguna prenda encima. Las alpargatas recién lavaditas… Los pantalones que son mi lujo, renegridos de un principio, sí van goteando tiempo. Sabía vestirme en la época de los ingleses pero ahora alrededor del cuello uso algo más tibio, que lo sienta más tibio.

En mis épocas de ayudante en los ferrocarriles,  estudiaba pero aprendía poco, no pasé ni el yes, que se los decía con la cabeza, para arriba o para los costados.

Ya pasé por muchos años y nunca me amigó la política, ni las componendas y más de una vez me han hecho pasar por zonzo, decían que ni amigos tenía, pero yo sabía, que Usted estaba.

Acepté siempre lo que me dio cómo lo da un amigo y lo que no me ha venido sabrá usted de sabio nomás.

La cacerola de hierro pesado está quieta sobre un enrejado, tapada cómo si guardara secretos... como si otras manos la hubieran llenado.

Solía tirar arriba del fuego alguna que otra cosa de carne pero mi perro hasta sabe llevarse el pescado. Nunca pude pegarle porque es en lo único que no obedece

Me han quedado pocas cosas de mis otras vidas, de las que alguna vez me hicieron estudiar casi a los golpes. Pero el catecismo me lo enseñaba mi vieja en unos libros chiquitos de colores y dibujos, más dibujos que letras y ella decía siempre que cada navidad uno nacía de nuevo para volverse más bueno.

Ya se hace la nochecita.

Me voy entonces a buscarlos, al chiflido nomás me siguen a paso corto. La más difícil de entrar es la mula, que siempre desconfía al pasar por mi puerta y algún par de pataditas tira, casi de saludo nomás, porque no le pega ni al barro de las paredes. La vaca y la oveja son dos niñas parecidas a las que alguna vez vi en alguna estación de tren, caminan pegaditas ignorando sus ancas cómo las niñas que tapan sus caderas con vestidos de telas generosas.

Mucho tiempo me llevó acostumbrarlas para no pasar la noche de Navidad solo.

Tata, acá no puedo armar un árbol.

A cuarenta leguas tengo el pueblo más cercano y el carro cuándo me lleva si usted viera la cara al caballo… Parece que no me mirara por dos días después.

En estos tiempos más se enoja porque hago entrar a los otros animales dentro del rancho pero en su pesebre me dijeron que no había caballos.

La mula anda media vieja ya, quería preguntarle si en caso de que el año que viene me faltara, usted me daría permiso para que entre el caballo. Lo empiezo a acostumbrar cuándo haga frío y en caso de necesitarlo... Digo, es lo más parecido, la mula no voy a poder cambiarla por otra, pero un caballo tal vez sí.

Paso la noche en la silla grande, con guitarra y un vino muy largo que hace luces contra las brasas y es lo que quedo mirando cuándo los animales ya se ubicaron quietos.

Eso de acostarme en la cama sería una irreverencia al pesebre de cuándo usted era niño. Velas se suele tener en estos lugares y ya las dispongo cerquita de la virgen mía. Me perdonará seguro si se acaban antes de las luces que por horas me dibuja el vino. Eso me hamaca en recuerdos, les hablo un poco bajito a los pobres animales cuando ya les saturó el canto.

Ya se hace la nochecita, voy a echar un silbido largo.

En realidad que le voy a andar con vueltas mi querido Santo Dios. 

Usted ya sabe que la mula más temprano la he visto tiesa y que con su permiso voy a demorarme un poquito porque voy a tratar de hacer entrar al caballo.

Se hace la nochecita pero le juro, que hasta dentro del rancho, todo se hace más oscuro.

Mercedes Sáenz


sábado, 12 de diciembre de 2020

NADIE HASTA MAÑANA






 NADIE HASTA MAÑANA

Su marido viajaba en aviones que jamás llegaban ni en fecha ni en horario.

La persona que vendría a hacerle compañía avisó que le era imposible llegar ese día, al día siguiente temprano tal vez, pero Cris a nadie le dijo que se quedaba sola con su ceguera.

Conocía su casa absolutamente de memoria, sabía que casi todo era blanco, que alguien durante muchas horas se ocupaba de dejar todo  impecable y siempre las cosas en el mismo lugar antes de retirarse a la noche.

Se levantó esa mañana, tocó el aire cerca de su muslo y el vacío le extrañó. Tal vez esté afuera pensó con cariño, cuando duermo sale a veces porque sabe entrar solo, en cuánto oiga que me moví aparecerá.

Con los pies buscó las pantuflas blancas, se desenredó el camisón de atrás de sus piernas y se levantó a hacerse un té.

Con la mano entera eligió una taza y hundió sus dedos dentro para medir su profundidad. Era la misma taza, pero cualquiera puede confundirse. Esa frase más de una vez taladraba su cerebro. Se había quedado ciega porque un auto la atropelló y cualquiera puede confundirse. Y una vez también por no poner un plato arriba de la taza para calentar el agua en el microondas, junto con todo lo que le ponía a su té, en el primer sorbo escupió una cucaracha.

Había cosas que trataría de que no le pasaran de nuevo, aunque cualquiera pudiera equivocarse.

Apenas unos minutos y nadie tocó su muslo, ni estaba ese olor en el aire, ni el ruido de estar viniendo, imperceptible contra el piso, porque prolijamente le cortaban las uñas.

- As, -dijo en el medio del silencio. No importaba el zumbar del microondas ni algún ruido que llegara de afuera.

- As, -repitió suavemente con la voz trabada del miedo de advertir esa ausencia por primera vez desde esta vida.

No volvió a llamarlo.

Caminó hasta la cocina el trayecto de memoria arrastrando los pies sin levantarlos del suelo, así le habían enseñando a caminar cuándo los lugares eran nuevos y su perro no existía.

Los pies de Cris tropezaron y sintió que el corazón se disparó- seguramente para no volver- y su lengua no se movió. Los ojos se cerraron, era lo mismo tal vez, pero se cerraron llorando antes de saber.

Se inclinó hasta arrodillarse ignorando el camisón que entorpecía. Las manos desesperadas recorrieron pelo y contrapelo el cuerpo entero intentando reconocer algún signo vital o alguna excusa,  algún motivo que diera razón a semejante quietud, que algo se moviera para que todavía no fuera la muerte. Ojalá esta vez se equivocara, pero esa es definitoria y tozuda cuándo decide llevarse el aire.  No había heridas, en el perro.

Ahora se sentó en el piso y lloró no sabe cuánto.

No buscó ningún teléfono, ni siquiera los ya tenían el discado directo para socorrerla en sus previsibles urgencias.

Lloró no sabe cuánto mientras le hablaba bajito con la mano cóncava cerca de las orejas contándole el último de sus secretos.

¿Se imaginó sacerdotisa intuyendo un rito? Buscó una pala chiquita, sin punta filosa, esas de hacer canteros,  y se sentó en el jardín. Extendió las piernas y marcó con las pantuflas el perímetro que creía necesario.

Sintió que la noche caía dos veces, aunque haya sido una sola. Cuándo estando de pié el pozo le llegó a las caderas, se aseguró que la tierra no se hubiera desparramando muy lejos. Lloró no sabe cuánto cuándo el perro quedó adentro sin  saber nunca qué salpicó la pala  a mitad de camino.

Amanecían los ruidos y cruzó por la cocina con el paso seguro de saber andar a ciegas mientras la tierra iba cayendo de su cuerpo. Con torpeza quiso detenerse en los empeines pero sólo consiguió aferrarse con fuerza en el pelo.

Se sacó el camisón antes de meterse en la cama a esperar  que alguien llegara a hacerle un té. Ensucié todo-pensó- pero cualquiera puede equivocarse y siguió llorando nomás, tanto.

Mercedes Sáenz


viernes, 13 de noviembre de 2020

DECIR CÓMO, DECIR QUÉ

 DECIR CÓMO, DECIR QUÉ




 





Atendía su consultorio con esmero y un cierto grado de alegría. Era psicóloga y se llamaba Andrea.

Por las noches se sentaba en una silla sola frente a un público numeroso y esperaba que creciera el silencio absoluto y entonces desde esa silla, iluminada por una lámpara derecho a su cabeza, se separaba el pelo en hermosas colinas que descendían sobre su cara como un torrente de agua incierta, y se convertía en la imagen de lo que estaba dispuesta a contar.

Música, sonido del viento, olores, tristeza y alegría, cabían debajo de sus párpados, al cerrarse o al abrirse o al dejarlos quietos como dos mariposas de arena.

En sus narraciones podía llevarte a un pequeño pueblo de Turquía, descalza por el sur argentino o marearte en un barco holandés,

Desde la misma silla podía ser una inmigrante con un vestido gris esperando en Retiro que la pasen a buscar, las piernas cruzadas y las manos escondiendo todas las expectativas sobre sus faldas.

Si se ponía de pié podía ser una estatua perfecta. Si osaba mover los brazos, era como un flamenco sobre el agua plateada. Tremenda la dignidad de su cuello, para ser un perfil que duraba sólo unos segundos.

Algunas de sus historias eran de autores famosos o no, de las Mil y una Noches, de gente que esperaba en el subte o de amores que volaban y morían.

Una noche yo fui sola. Tenía ante mí una copa de buen vino que convidaba la casa. No la toque por no romper el juego de luces que había sobre ella, siempre pensé en el vino tinto cómo la sangre y el en vino blanco, lágrimas.

Esa noche, Andrea con una copa de vidrio en la mano contó una historia árabe de las más sugestivas que oí en mi vida y un aplauso insistente y continuo provocó que algunos reflectores se prendieran.

Ella no se movió agradeciendo al público que estaba casi todo de pié. Giró lentamente su cabeza hacia la izquierda y una luz indecisa la iluminó levemente amarilla. Brillaba su pelo pero sobre nosotros el silencio negro.

Su cara, mezcla de cera e incienso, como una virgen legendaria.

-Viene a cuento- dijo lentamente, levantó las manos y las cruzó como una paloma sobre su pecho. No movió sus párpados y dos lágrimas gruesas le cayeron de los ojos. Miró fijamente un sólo lugar y dijo con ternura-

- Yo tenía un amor que se llamaba Javier…


Sólo de unas de sus manos salía sangre cada vez más roja que entraba por la manga negra de su vestido y se deslizaba por sus dedos con una lenta velocidad maldita.

Estoy muriendo por la mitad- dijo sin bajar la cabeza.

Nadie se movió.

Era una estatua doblada en dos cómo un libro, la curva de su espalda una línea recta y ahora la sangre corría por sus piernas.

La cara de Andrea desaparecía en capas transparentes. Y sus ojos cerrados. Su brazo, el del tajo alevosamente abierto, quedó suspendido en el aire como un adiós imperceptible, como si de un bote tocara el agua con la punta de los dedos. Con algún Javier, supongo, salieron de la luz y de mí para siempre.

No me moví ni tomé la copa de vino. Cuándo pude levantarme supe que cómo un ciego para siempre llevaría esas voces conmigo.

Mercedes Sáenz


jueves, 29 de octubre de 2020

LA SILLA


         

CUADRO DE MARCELA BAUBEAU DE SECONDIGNÉ 


 LA SILLA



No es fácil olvidar lo que ocurre debajo de los flequillos, cuando los ojos asoman apenas y uno deja entrar los pensamientos sin saber que hará la cabeza con ellos.

En esa época de alguna manera todos teníamos flequillo.


Veníamos del sur de un campo en Comodoro Rivadavia. No fue difícil Buenos Aires en esos años, colegio a media cuadra, todos con delantal blanco, palmeras en el jardín, pájaros y peces y el mejor humor que a esa edad se puede conocer.


Tenía once años cuando me pidieron por primera vez que dijera un verso el 17 de agosto

-Papa tengo fiebre

-La fiebre es una sensación térmica m´hija y el miedo no. No se levante de esa silla hasta que haga correctamente el verso de mañana.

-Quiero diez minutos para pensar, dije.-

-Cómo no, - contestó- pero que sean los mejores de su vida, porque tengo poco tiempo.

Yo tenía once años, una silla, y tres minutos para convencer a ese padre que parecía salido de una enciclopedia cualquiera.

Me encerré en el baño y me acosté en la bañadera como en una hamaca paraguaya. Las manos detrás de mi nuca me daban la impresión de estar pensando como los inteligentes. Empezaron a aparecer palabras, pero papá era escritor y sabía como usarlas para sostener sus argumentos.

Ya eran las 18.30. Si lograba que ese señor padre cambiara de opinión me eximía de ese aparato docente organizativo cada vez que había un acto. Este era peor, porque yo actuaba.


Pero sólo tenia una silla (actriz yo no era) y un espectador que hacía de juez y jurado.

Salí del baño sin que me viera, me puse el delantal planchado con almidón, las medias hasta las rodillas, la escarapela y prolija las colitas de caballo.

No lo llamé.

Llevé la silla hasta donde él estaba y me acomodé sentadita como una secretaria en entrevista nueva.

Mi postura se deshizo poco a poco. Mis brazos fueron enormes horizontes. Mis manos y mi cuerpo hablaban historias. Sentí todos los cielos cuando crucé la cordillera. Un balazo a mi caballo y no me dieron otro. Sostuve la escarapela en un nido de patria nueva.

Dí vuelta la silla y puse mi cuerpo apretado entre las patas de madera y lloré no muy silenciosamente sobre los duros mares que me llevaron a morir a Francia.

Nunca dije una palabra. Papá tampoco


Al día siguiente en el colegio lo ví en primera fila.

En el momento de subir al escenario pedí una silla. Pareció algo confuso pero me la dieron.

Sabía que un espectador tenía miedo pero yo tenia once años.

Me senté en el borde derecha y prolija y dije con voz fuerte: “Padre nuestro que estás en el bronce y en la primera fila también” y seguí con mi texto de manera enfática y como mejor lo creí conveniente.

Después llegó un 18 de agosto cualquiera.


Mercedes Sáenz

viernes, 23 de octubre de 2020

LA TORTUGA ESCOCESA

 

PARA MI HERMANA DOLORES SÁENZ





LA TORTUGA ESCOCESA



Era la menor de cinco mujeres, flanqueada por nueve hermanos, el mayor hombre, también los últimos tres.

A las mujeres nos vestían de escocés y por ser la menor, se ligaba todas las polleras que por tamaño venían del resto de nosotras. Le costaba caminar porque su tierna redondez la hacía girar más por el mundo que sostenerse sobre sus propios pies.

Cuando intentó dar sus primeros pasos, se caía al suelo, le costaba darse vuelta, pararse y volver a empezar como si nada hubiese pasado. Decíamos jugando, igual a las tortugas. Le decíamos Lola y pocas veces por su nombre verdadero.

Teníamos un perro ovejero alemán adiestrado y buenísimo, casi daba pena el concepto de obediencia debida que le había sido incorporado. Sabíamos que sobre él había caído porque volvía de sus recorridos, de un pasillo que entonces nos parecía largo, con las mangas mojadas. Jamás la mordió. Solamente le avisaba que en determinado rincón debía pegar la vuelta, porque el tamaño del perro para Lola era como caerse en la mitad de la popular de la Cancha de Boca.

Y es a propósito que escribo la palabra Cancha y la palabra Boca.

En esa selva inmensa que era nuestra vida, empezó bastante silenciosamente a abrirse paso y su cuerpo y su cara, tal vez la convirtieron en la más linda de todas nosotras.

No existía el azul en nuestros escoceses sin embargo con una letra bastante particular, escribió una simple composición para el colegio, que se llamaba Azul.

Ojalá yo la tuviera. Y por sobre todo, haber tenido esa facilidad para describir con tanta sencillez e inteligencia algo tan infinito e inatrapable como el Azul.

La vida la atrapó en un cuerpo fuerte y menudo, le dio la boca más linda que hayas conocido y un cerebro que no puedo definirlo con la exactitud que quisiera porque aún no deja de sorprenderme.

Un día volvió de colegio, esta vez con una obligatoria pollera gris y dijo que quería ser psiquiatra. Después de haber sido una buena alumna y de haber hecho las averiguaciones que la facultad le exigía, volvió a casa diciendo que para ser psiquiatra, primero debía recibirse de Médica.

Con la misma simpleza que describió el color Azul, dijo, estudiaré primero Medicina, tan luego. Y lo hizo, acompañada de un mate y de noches eternas con poca luz, y libros que eran más grandes que sus antebrazos.

Poco daba el sol en esa cara porque las horas de estudio se lo llevaban todo.

Yo no entendía como hacía cuando tenía un casamiento o algún evento especial con el que siempre fue su novio en esa época, porque salía de ese cuarto, toda vestida de negro, a veces, con pañuelos de lentejuelas en la cabeza, igual que una diosa chiquita y menuda, con una fuerza y una luz que no coincidían con el encierro de las horas de estudio. Sólo decía: “de negro y algo de pintura no se nota que el sol no ha pasado por mi cuerpo”. Decía que habría tiempo. Y se lo tomó.

No conocí a nadie que recorriera las letras de los libros de cualquier tema, con la misma facilidad que discurría y analizaba los idiomas del cerebro.


No conocí a nadie que tuviera tanta fuerza en un envase tan pequeño, ni que en esa fuerza pusiera tanta ternura cuando indefectiblemente toda esta gigante familia de enredos, la consultaba por los temas más difíciles o más triviales.

Cambiaba el tono de voz, se inclinaba si hacía falta hacia el problema o se montaba en un ejército de elefantes orientales para ponerse a la altura de las circunstancias.

Nunca supe si usó la sabiduría de las tortugas o le llegó desde el universo una caparazón transparente que la hizo convertirse en la mujer que es hoy.

No sé si esa caparazón le pesa o simplemente ya la lleva puesta como la capa de una imaginaria heroína, ya que cualquier cosa que pasa, valga la rima, en casa se dice “preguntale a Lola”.

No sé si pertenece del todo a este planeta porque cuando dice o hace cosas geniales, y uno le pregunta quién lo dijo, de dónde lo sacó, en que libro lo leíste, cómo lo conociste o un complicado por qué, simplemente dice “no sé”, alguien me lo debe de haber soplado, como de banco a banco, a escondidas de un gran maestro.

Yo tengo la suerte de tenerla de hermana.

Mercedes Sáenz.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Y SI NO VUELVO A VERLO?

 








                                                       Imagen de Marcela Baubeau de Secondigné


Y SI NO VUELVO A VERLO?


Esto fue así, así cómo lo digo.

Era la primera vez que lo veía por aquí. Venía caminando en un día de bastante frío, con un buzo oscuro y nada más que se viera. Un poco los ojos dieron vueltas para arriba, no sé si miraba el cielo o la parte de arriba de la pizzería en dónde yo estaba trabajando.

El sol a mí me daba tibio lindo sobre el vidrio.

Se paró entre un poste de luz de la esquina y un árbol pegadito que en esta época se pone totalmente colorado. Exactamente al lado de un basurero de hierro con tapa del tamaño de un baúl grande. Más grande que él.

Lo miré un momento y le sonreí. No contestó a mi saludo. Miles de razones deben de haber habido de las cuales algunas se me cruzaron pero seguí escribiendo sobre una máquina que es lo que en ese momento estaba haciendo.

Cada tanto cruzábamos miradas muy cortas, no sé cómo era la mía, pero las de sus ocho años, le calculo, eran cómo si no me viera.

No oí el ruido pero mis manos se levantaron de las teclas en el momento en que la tapa del basurero se cerraba sin nadie del lado de afuera. Nadie en la esquina.

Me levanté con la velocidad que pude pues no alcanza la claridad para pensar todo junto, son sólo unos metros nomás, sólo unos metros, sólo unos metros…

Abrí la tapa intentando ignorar su peso y desde adentro, cómo un gatito asustado, saltó con un embrollo sostenido en las manos y un pedazo de bolsa negra de residuos rota, que se voló de uno de sus hombros.

No quise gritar para que no pensara que era un reto. Dije un tonto “vení por favor” pero corrió cruzando en diagonal el asfalto por dónde circulan toda clase de motores en ambos sentidos.

Lo vi doblar en la esquina creo que, para que no se le cayeran las cosas que tenía dentro de su buzo enroscado cómo una bolsa. Se le veía la piel de la panza.

La tierra quieta por arriba del mundo, dónde todo no parece pasar.

Si no vuelvo a verlo, mi llanto no sería ni un pobre signo menos…


Mercedes Sáenz