
CASI PRIMERO DE MAYO
Una línea de hilo sisal sujeta la piedra. Descansa en el suelo hasta llegar a la mano y espera para que con un tirón la piedra se levante y un pie en verano descalzo y en invierno con agujeros, patee. Cómo a la número cinco de sus sueños.
Barranca abajo por la calle del barro. A la vuelta no vuelve parado de manos. La loma invertida cuesta más con el cansancio del día. Y queda su línea de sueños atrapada en el bolsillo, dónde la mano llega con caricias suaves, no vaya a ser que por soñar la piedra se desate.
Treinta cuadras sin las botas de siete leguas. Y el señor ese, que cada tanto lo llama a vender sánguches en el recreo del colegio.
- Che, Román. Venite más limpio, carajo. No te van a dejar pasar al recreo.
El arco de la puerta, abierto de brazos extendidos y los delantales tan blancos.
- Romancito, ¿Cuándo volves? Te busca la Srta. Helena.
En los brazos, la cruz del día. Hasta los hombros bolsas de nylon de paleta y queso, con pan que abulte para que el agua en el vientre ocupe.
- ¿Cuántos tengo hoy?
- Como siempre pibe ¿Qué preguntas? Cada veinte que vendas te guardas uno.
Maldito el olor del pan y el falso jamón que saben a fresco. Hay alboroto en el recreo con los sánguches de Román. No hay hambre más grande que el del recreo de invierno.
Diez y nueve se van y con cambio. No se fía, ni se espera.
No hay campanas. El timbre suena, como un silbato del segundo tiempo. La cara de Román es un silbido negro.
Falta uno para llegar a los que pide el señor ése que ni fía ni espera. Y el olor del pan fresco.
- Casi, pibe.
- ¿Qué?
La mano al bolsillo de los sueños. Cómo las boleadoras de algún cacique, la línea de hilo sisal contra la frente del señor ese.
Bolsa de nylon con falsa paleta y olor a pan fresco se va con Román corriendo barranca arriba para alivio de algunos todavía más desesperados.
Mercedes Sáenz
El diseño es de la escritora Laura Elizalde